
No recuerdo bien la primera vez que escuché a Don Chezina. Solo sé que fue aquí en Puerto Rico, cuando todavía era un chamaquito.
Recuerdo que la música de él estaba en todas partes, y al tiempo nos enteramos que era primo de un primo mío —Gordi Flow—, con quien hago música también.
La vida tiene esas conexiones raras que uno no ve venir.
En esos tiempos, Don Chezina era otra cosa.
Hoy la gente ve a Bad Bunny como el más grande del género, pero en aquel momento, en aquella época, Don Chezina era el que la estaba montando.
Obviamente en una escala más pequeña, porque el género urbano apenas estaba empezando a gatear, pero para nosotros, en la isla, él era el movimiento.
Era la época dura de The Noise, Playero, La Industria, Pina Records... un tiempo donde todo se sentía crudo, nuevo, sin fórmulas.
Y aun dentro de todo eso, Don Chezina se sentía diferente.
Su estilo, su voz, su flow, su manera de montarse en los ritmos, todo tenía un sello que uno reconocía al momento.
Aunque nunca me lo propuse consciente, siento que Don Chezina forma parte de mi ADN musical.
Hay cosas que escribo, hay flows que me salen natural, que cuando los analizo bien, sé que vienen de aquella época escuchándolo a él.
Influencias que uno carga sin darse cuenta.
Ya he tenido la oportunidad de hablar con él algunas veces, gracias a la vida y a esas conexiones familiares que uno lleva en el camino.
Y aunque ahora uno mira todo desde otra perspectiva, el respeto sigue intacto.
Don Chezina no solo representa un sonido; representa un momento de nuestra historia que nos formó, nos endureció y nos enseñó que la música, igual que la vida, es para los que se atreven.